¿Quién no quisiera tener un dispositivo que lo guiara por la vida? Qué le indique: ¿cuál es la farmacia más cercana, dónde se encuentra la parada de colectivos o cuál es la ruta más cercana y segura para llegar a tal sitio?
De verdad que seria una gran ayuda, hasta por momentos podría salvarnos del peligro. ¿Pero por que pensamos así? Acaso no confiamos en nuestro instinto y habilidades, acaso no tenemos pares a los cuales preguntarles o simplemente lanzarnos a la aventura y ver que pasa?
En una sociedad donde prima el logro individual, la desconfianza, la inseguridad y el miedo a “los otros” no es raro que estos dispositivos se presenten como los grandes salvadores.
No estoy en contra de los avances tecnológicos, es más, la mayoría de ellos no fueron comprendidos en su momento, y solo con el paso del tiempo fueron dimensionados. Quizás este paso del tiempo permita ver los avances y las consecuencias que dichos inventos producen en la vida cotidiana de sus usuarios. A tal punto llegan a modificarnos que no podemos creer como vivíamos la vida sin ellos.
Qué alguien (o muchos) sepan donde me encuentro en este momento suena a Gran Hermano, suena a control y por momentos a seguridad (o inseguridad). Es seguir mostrando mi vida privada al mundo, quizás no le interese a nadie, y por momentos eso sería una tranquilidad, o quizás si.
Cada avance tecnológico abre un abanico de posibilidades, y quizás lo que se cuestiona no es tanto el “avance” sino el uso que se le da al mismo. No tiene que ver con el objeto y su función sino con su uso (y abuso).

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